Leonardo Abigail Castro Sánchez
Leonardo Abigail Castro Sánchez es licenciado en Filosofía por la Facultad de FFyL de la UNAM. Maestrante en Derecho por la H. Facultad de Derecho de la UNAM. Estudiante de Lic. de Matemáticas por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Miembro del Grupo de Investigación de Filosofía de la Computación. Asiduo colaborador de la revista Poiética.
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¿Para qué los niños, niñas y adolescentes deberían ser educados o dialogar sobre la muerte? Habrá que hacer un esbozo reflexivo sobre este concepto y generar una minificción, con la cual pretendo hacer patente la necesidad de crear ese encuentro en torno a ilustrar lo que yo considero una relación inherente y necesaria con este sector de la sociedad. Con ello, forjaré una reflexión crítica en torno al cómo, por qué y sobre todo para qué se necesita ser formados en este diálogo.
1
¿Qué es la muerte? O bien, ¿qué significa morir? Podría deducirse —como sugerirse— que morir es algo inherente, necesario, biológico y quizá hasta algo inevitable. ¡Significa y duele! (Marqués de Sade D. A., 1969)

Si bien la muerte sucede en los otros, en esos lejanos, no importa cuán cercanos sean los familiares, ¿cómo se sabe que la muerte es algo cuando a mí no me ha sucedido? ¿De qué forma saber cuando yo no siento lo que es eso que se espeta o tanto angustia a los otros, a mí y a los demás?
Cuando observó el florero, noto y percibo cómo la flor, ya cortada —muerta prima facie— se vislumbra, lucha por exponer su polen, pero pasadas las mañanas, se hace patente cómo se ha deteriorado. Los animales otros, mascotas o en zoológicos, deben cesar para que nosotros los comamos. Los objetos, dibujos, pinturas, ropa, las he visto ser nuevas, y con el transcurso del uso y el cambio, han desaparecido o ya nos sirven más. ¿Qué es morir, entonces?
Mis familiares, que se decían estar hoy, un día ya no estuvieron más. ¿A dónde se han ido? ¿Dónde se detiene aquel que siempre veía moverse y espetar todas las tardes que fuésemos a caminar? Yo sé en qué sitió físico yacen sus cenizas o sus restos, pero, ¿acaso eso empírico es todo lo que alguna vez fue aquel y aquello, es todo lo que somos y hemos sido siempre?
Para Epicuro, “cuando nosotros existimos, la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente, nosotros no existimos” (Epicuro, 2012). Y es cierto, pero, si bien no sé en tanto que me sucede a mí, la noto rodear mi entorno, mi círculo familiar y personal. Pensar en la muerte, es palpable que eriza la piel y asusta enunciarla, ¿cómo aseverar que no es nada o no se está presente?

Para Seneca, “la muerte está en todas partes; si la temes, nunca estarás seguro; si la desprecias, serás libre” (Seneca, 1986) ¿Cómo despreciar o dejar de asir algo que a leguas sabemos es a fortiori de suyo en el sólo hecho de existir? Podría datarse el axioma de la existencia donde su contrapositiva sea la inexistencia. Ignorar o desviar el cuestionamiento en torno a qué es la muerte, no evitará la angustia al mentarla, muchos menos impedirán que el miedo o la confusión del qué será. ¡No hablar de la muerte sólo refuerza el tabú!
Peor o mejor aún, si la escuela es el lugar donde se refuerzan aprendizajes, donde se buscan formar a los próximos ciudadanos, ¿por qué dentro de los quehaceres y deberes escolares no está el de hablar de lo que quizá es el acto más verídico del Haber, a saber, fallecer.
2
Canchas deportivas. Mañana soleada y húmeda. El alumnado se encuentra realizando diversas tareas: comen, juegan, dibujan, conversan, estudian. Vania, es la única que se encuentra apartada, cabizbaja y muy atenta a la entrada del colegio. Por la puerta principal entran y salen personas, ella espera a alguien en particular. Algo oculta y no sólo es en su chistera.
Vania se levanta y se acerca a la persona que lleva esperando, prepara algo en su mano para ofrecer.
Vania [dubitativa]: ¿Quiere una papita? (estira el brazo).
El profesor Abigail sorprendido, sabe que no es casualidad haberse encontrado a su alumna, y mucho menos el hecho de que ella le ofrezca su fritura favorita. Ella se nota ávida de atención, él, curioso.
Abigail [sorprendido]: ¡Mira quién es! ¿Qué ha sido de usted, hace al menos dos semanas que no la veo en clase? ¿Ya decidió por fin dedicarse a la mala vida e irse de pinta con sus amigos? ¡Dígame que por fin le hizo caso el chico aquel!
Vania [finge sonreír]: No es eso profe… . ¿Tiene clase, está ocupado?
Abigail [curioso]: No, no tengo clase, sabes que nuestra clase es en 30 minutos, quise llegar temprano para alistar el material que hoy discutiremos, el cual, obviamente tú no sabes nada porque no has venido. Y fehacientemente no te daré, mucho menos porque esas papitas no tienen suficiente salsa.
Vania [triste]: ¡Oh, no sea así, profe! Ya dígame, ¿está ocupado?
Abigail, intentó molestar a Vania para tener una impresión de que genuinamente algo está mal en ella, su reacción no era normal.
Abigail [condescendiente]: No, no estoy ocupado, pero si quieres que te escuche, esas papas necesitan más salsa, y yo un vaso de agua.
Vania [animosa]: No tenemos mucho tiempo, y los demás llegarán y ya no me prestará atención. Por favor, ¡escúcheme!
Abigail notando la insistencia y la urgencia, allí mismo le cuestionó.
Abigail [serio]: Dime qué pasa. Dímelo todo. Lamento llegar tan tarde, sé que sabes que había quedo de jugar con los demás profesores y compañeros desde hace más de una hora, pero ya no importa, dime.

Vania [a punto de llorar]: ¡No he venido porque mi abuela está muy enferma! En mi casa, soy la única que tiene tiempo y paciencia para ayudarle. Mi familia ya está cansada; mis padres deben trabajan, mi hermano está a nada de su titulación, y por más que hemos intentado repartirnos las tareas de casa, la enfermedad de mi abuela nos consume. Y no sólo estoy cansada, estoy aterrada.
Abigail [absorto]: Me tomas totalmente desprevenido, pensé que querías hablar de tu nuevo novio, o de la obra de arte que presentarás para fin de semestre.
Vania [confesa]: No he venido al colegio, y mis papás no lo saben, tampoco mi hermano, pero cada que salgo de casa, sólo dejo pasar unos minutos hasta que se va mi familia y me regreso a casa, porque mi abuela me ha dicho que ya no quiere vivir más. Habló conmigo despidiéndose, diciéndome que ya no es vida para ella lo que le está pasando, y mucho menos quiere ser una carga y un pesar para toda la familia. Y yo corro a casa para que no se quede sola, porque sé que es capaz de hacer cualquier cosa. Sólo hoy vine, porque son los exámenes, pero estoy marcándole en todo momento, porque estoy aterrada a que al no contestarme algo habrá hecho.
Abigail [sorprendido]: ¡Te ofrezco una disculpa por haber intentado molestarte antes, pero quería sacarte una carcajada! Ahora que me lo dices, quedo absorto, te entiendo totalmente, lo sabes, por lo de mi madre, ¿recuerdas? Dime, cómo puedo ayudarte más allá de escucharte. Tengo una prima que se dedica a cuidar personas delicadas y adultos mayores, quizá tener su contacto pueda brindarte seguridad.
Vania [meditabunda]: ¡No es eso profe! Ella fue química, y sabe exactamente qué tomar o qué hacer. El día que habló conmigo me dijo, que ya no encuentra sentido a seguir así con tantos dolores, malestares; que ella sabe que nada volverá a ser como antes, se lamenta de que ni siquiera puede ya regar sus plantas o salir al chismecito con las vecinas (sonríe un poco).
Abigail [comprensivo]: Recuerdas que les comenté en clase, que la decisión de los otros debemos de respetarla, dado que es su vida, su cuerpo y enteramente lo único que nos queda es tratar de ayudar a que examinen si su decisión es la correcta; pero en ese examinar, no se trata de usar artimañas o falacias para convencerlos o manipularnos a nuestro interés. Sé que te viene a la mente que les comenté lo que sucedía con mi madre y la conversación que tuve con ella.
Vania [rompiendo en llanto]: ¡Es que yo no quiero que ella muera! ¡Y mucho menos así! (se cubre el rostro).
Abigail [firme]: ¿Por qué no quisieras que ella muriese? ¿Y cómo sí quieres que muera? ¿Quieres que muera así, sola, con muchos dolores, intranquila, sin ni siquiera poder hacer lo necesario para ella? Por lo que me imagino ya ni siquiera puede realizar sus necesidades básicas, y dado que sólo tú puedes cuidarla, considero que tu familia no puede ni podría costear un cuidado. Piénsalo, y dime. ¿Por qué te duele que ella muere? ¿Qué sí quisieres para ella, no para ti?

Vania [sollozando]: ¡Es que no sé! Sé que es muy egoísta de mi parte decirlo. Quiero saberla viva, pero no quiero que ella sufra más. Quisiera volver a verla regando sus plantas o de chismosa con los vecinos, pero sé que ya no sucederá más; los médicos dijeron que puede estar así varios años pero que sólo irá en deterioro siendo que los dolores aumentarán constantemente. Mi familia está cansada, agotada, triste, y sé que ella también. Ya habló con todos ellos para despedirse y agradecerles; de tal suerte que sé que por eso, ellos están un tanto distanciadas de ella cuando intenta tocar el tema, y no saben cómo manejarlo.
Abigail [comprensivo]: Sé tú dolor y tu miedo. Pero recuerdas que lo comentamos en clase de aquel filósofo que decía que no debemos temer aquello que ignoramos, y entre una de esas cosas que desconocemos, es la muerte. ¿Qué significa morir? Sé que para ti, la muerte, hoy significa perder a tu abuela y dejar de verla para siempre, a la vez que ver destruida a tu familia. Pero, ¿acaso no es importante saber y entender que el hecho que ella pueda decidir sobre el final de su vida sea su última voluntad? ¿A qué punto quieres verla o que llegue ella? ¿Al punto que sólo sea un vegetal que ya ni siquiera pueda hablar? Hoy debes agradecer que es consciente y cabalmente se logró despedir de ustedes, y hasta agradecerles, porque sabe que no sólo es lo mejor para sí, sino para su familia. Si no los amase tanto no estaría tomándose estas molestias. Y sí, desafortunadamente, tiene que hacer ese tipo de acciones descabelladas, pero sabes bien, que ustedes como su familia no la apoyan, y el Estado mexicano, los condenaría si alguien intentase ayudarla de cualquier forma. Ella sabe que no está atada de manos, estoy muy seguro de que no quiere causarles más sufrimiento, pero sabe que ya no es vida.
Vania [rompe en llanto]: Todavía el año pasado de que entré al CCH, ella me trajo a la escuela, y decía que no para enseñarme dónde estaba la escuela, porque también estudió aquí, sino para enseñarme dónde debía divertirme y me presentó a varios de sus amigos que aún tienen puestos aquí afuera. Caminaba, se iba con sus amigas de chismesito, y se la pasaba todo el día cuidando sus plantas.
Abigail [sollozando]: Sé que lo recuerdas, se los dije a todos en clase, fue muy fuerte hablar con mi madre, pero le dije: —¡yo no siento tu dolor y ni siquiera quisiera imaginármelo!, si lo haces, hazlo por ti, es tu vida, tu cuerpo, si decides luchar yo te apoyo en lo que pueda, y si decides desistir, también estoy contigo—. Obvio, viví aterrado un tiempo, pero comprendí, algo que también te estoy invitando a reflexionar, es que, si bien amamos a esas personas, ellos, por su enfermedad o malestar, han perdido y perderán la esencia que los conocemos, ¿acaso queremos verlos sufrir sólo por nuestro egoísmo de tenerlos con nosotros? ¿Qué tan egoístas somos, que creemos que “nuestro” dolor es mayor que el que ellos están pasando?

Vania [intranquila]: ¿Pero y entonces qué? ¿Sólo renunciar y ya?
Abigail [comprensivo]: No es renunciar, es aceptar, tolerar y respetar. Es su vida, es su decisión, es su cuerpo. ¿Por qué ser tan mezquinos con lo que otros quieren para sí? Piénsalo, cosa que también les comenté en clase. En otros países sí está permitido la eutanasia. Allá el mismo médico no sólo la imparte, sino que la solicita, y el procedimiento se lleva en la casa particular del paciente rodeado de sus familiares. ¿Ellos renunciaron, aceptaron, respetaron, toleraron o sólo están dementes?
Vania [muda]: ¡Sniff… sniff… sniff!
Abigail [firme]: Tu abuela morirá lo quieras o no; por más que hoy se curase de forma milagrosa, no creo que logre otro milagro para ser eterna. ¿Por qué no mejor hablar por última vez, despedirse, regocijarse, agradecer, abrazar? No te quede con el “¡Es que hubiese querido hacerle, decirle o darle tal cosa!” ¡Hazlo! Aún estás a tiempo, y respeta la decisión de tu abuela. Desafortunadamente, si intentas ayudarla tendrás problemas legales, pero acepta que ella lo ha decidido.
También no olvides los dos compañeros que se han quitado la vida en el último año. ¿Qué tanto dolor, miedo, terror, confusión o dudas debieron guardar o soportar para quererse refugiar en esa salida? ¿Qué tan distante estarán tu abuela o estuvo mi madre de esa decisión? En primero no es que no nos atañe, es que deberíamos poder comprender y brindar apoyo. Dime tú, ¿quién somos para detener las acciones de los otros? ¿Por qué supeditamos “nuestro” dolor por el de los demás?

Vania [tranquila]: Duele muchísimo, maestro, pero lo entiendo totalmente. Y lo pienso en mí, como cuando digo: “¡No entiendes mis cólicos ni mi dolor, déjame en paz!” Ahora veo que mi dolor, que es mío, sólo yo lo entiendo, nadie más sabe dónde, cómo o por qué me siento así, y no sólo quiero que me respeten, sino que me entiendan, y dado la incomprensión me alejo, aun cuando es momentáneo. Pero… ¿cómo le hago con mi familia?
Abigail [claro]: Una cosa es ayudar a tu familia y otra cargar con sus problemas. Tú hazte cargo de ti y de lo que deberás afrontar con tu abuela. Una cosa a la vez, intenta dialogar con ellos, y exponles lo que hemos hablado hoy. Desafortunadamente médica y legalmente no hay forma de ayudar a tu abuela, pero sí mágica o espiritualmente, deberán afrontar que un día sucederá, o bien abrumarse de por vida a que su egoísmo es mayor y someter a tu abuela hasta que por sí todo termine, y no creo que todo termine muy bien. O, como les comenté en clase —con mi madre—, la charla fue dolorosa, angustiosa, pero nada quedó al azar, nos agradecimos, nos despedimos, nos deseamos todo el amor posible, y se decidió que no sólo porque ese hecho podría suceder dada su condición, sino que en algún momento llegará tarde o temprano. ¡Despedir y respetar también es amar!
Vania [tranquila]: ¡Gracias, maestro! No sabía qué me diría usted. Pero sé que me ha tranquilizado expresarme. Salúdeme a su madre, por favor. ¡Ni se comió sus papas!
Abigail [sonriente]: ¡Gracias a ti por tenerme la confianza! Espero que mi experiencia y mi nula opinión hayan podido ayudarte. Habla con tu abuela, ella se sentirá increíble al saberte de su lado. Abrázala de mi parte, y dile que es una guerrera, y que la admiro por todo esa entereza y firmeza de decidir sobre sí.
Abigail toma las papas remojadas, y nota que ahora va tarde a clase. Exhorta a Vania a irse al salón, apresurado corre a firmar su entrada, al salir, recuerda la frase de su madre: ¿Y sí ya nos vamos, ya firmamos? ¡Ya nos lo ganamos!
3
¿Para qué los niños, niñas y adolescentes deberían ser educados o preparados para bien morir? La respuesta es simple: para el bien de ellos.
Para Sócrates, el filosofar no es más que la preparación para la muerte (Platón, 1985). Pero más allá de la teoría filosófica, debemos hacernos patentes como docentes y guías, que en verdad no sabemos lo que es la muerte, aquel que se jacte de saberlo o bien es un sabio o un mentiroso.

Nuestras palabras son pólvora para los mecheros que son ellos (Aristófanes, 1982). Sin importar qué materia impartamos, nos convertimos en ejemplos o no de lo que se debe hacer, reflexionar, pensar, decidir, erigir o evitar. Así como es perentorio hablar con ellos de sexualidad, género, política, economía, ecología, etcétera, es sumamente crucial hablar de la ética y bien, en torno a la muerte. ¡No sabemos lo que ellos viven o están ocultando! ¡No sabemos el bien que podríamos generar en abrir esos temas a discusión en clase o en los pasillos!
No busco convencer sobre qué teoría dogmática de la muerte debe ser aceptada. Pero sí busco contrastar que hay rincones del mundo en donde ellos, así como la sociedad entera, vive a sabiendas de que los otros pueden escoger cómo y cuándo morir; y hasta se reúnen en sus casas para despedir a esas personas amadas. ¿Imaginan eso en México? ¿Qué tan distantes estamos?
Distamos no sólo por cuestiones económicas o geopolíticas, sino por abismos legales y médicos, pero mucho más sustancioso en el debate como reflexión escolar. ¿Qué escuela queremos seguir solapando? La escuela, que sabemos es su segunda casa, puede reforzar un tabú como conformar un mal hábito; o bien, dar las herramientas críticas y reflexivas que nuestros próximos profesionistas y humanos necesitan.
¿Para qué dialogar sobre la muerte? Porque hablar es reflexionar, repensar, posicionar, tolerar, respetar, hacer patente un grave como acuoso problema, pero sobre todo, hablar sobre la muerte, podría salvar vidas.
Fuentes consultadas
- Aristófanes. (1982). Las nubes. En Aristófanes, Comedias II (L. M. Aparacio, Trad., págs. 40-50). Madrid: Gredos.
- Epicuro. (2012). Carta a Meneceo. En Epicuro, & J. Vara (Ed.), Obras completas (J. Vara, Trad., 9 ed., págs. 87-92). Madrid: Catedra.
- Marqués de Sade, D. A. (1969). Diálogos entre un sacerdote y un moribundo. En D. A. Marques de Sade, Escritos Filosóficos y Políticos (A. J. Alvarez, Trad., págs. 17-27). México: Grijalbo.
- Platón. (1985). Apología de Sócrates. (J. C. Ruiz, E. Lledo Íñigo, & C. García Gual, Trads. 1985, p.167. (29a).) Madrid: Gredos.
- Seneca. (1986). Libro III:Epístolas 22-29. En Seneca, & R. Meliá (Ed.), Epístolas morales a Lucilio (R. Meliá, Trad., págs. 17-22). Madrid: Gredos.





