Infelices determinismos sociales

Enrique Pimentel Bautista

Enrique Pimentel Bautista cuenta con más de 25 años de docencia en la FES Acatlán y el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH), UNAM. Imparte las asignaturas del Taller de Comunicación I y II y el Taller de lectura, redacción e iniciación a la investigación documental I a IV, en el plantel Azcapotzalco. Especialista en metodología de la investigación científica y uso pedagógico de las TIC. Coautor del libro Ciencias de la Comunicación II, editorial Santillana y la colección de tres libros La urdimbre escolar: Alumnos, La urdimbre escolar: Maestros Fundadores y La urdimbre escolar: Caminos de la investigación, UNAM. Miembro de los Consejos editoriales de las revistas Poiética y Mediaciones, del CCH.
enrique.pimentel@cch.unam.mx

Enrique Pimentel Bautista

No, profe, por favor no me repruebe. Sé que usted me lo había advertido una y otra vez, pero déjeme explicarle por qué llegué tan tarde y no pude presentar el examen final. Cuando me escuche, sabrá que merezco otra oportunidad. Y no es que no me interese su clase, pero de verdad, yo no tuve la culpa, fueron los infelices determinismos sociales, de los que usted tanto nos habla. Y para que vea que sí pongo atención, le voy a contar cómo esos determinismos sociales tuvieron la culpa.

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Justo a las 5:29 de la madrugada de hoy, lunes 24 de noviembre, sonó mi despertador y yo hice lo que todos hacemos cuando sueña el condenado arruina sueños: apagarlo y volverme a dormir. Y como todos los días mi mamá al ver que seguía acostado, entró a mi cuarto y me despertó con su clásico “¡Luis, ya levántate, que se te hace tarde, ya son cinco y media, el transporte pasa por ti en diez minutos, si te paras tarde no vas a llegar a la escuela!”. Yo, como buena clase obrera, vivo en una colonia popular a una hora de aquí. Si mis papás tuvieran auto pudieran traerme y llegar temprano, pero noooooooo, ellos también forman parte del segmento de población que habita la zona conurbada, llena de atisbos de desigualdad, y apenas si tienen para pagarle a “Transportes Don Pyter” los 150 pesos que  nos cobra a la semana.

Con los estruendosos gritos de mi mamá, abrí mi ojo derecho que me animaba discretamente a abrir el izquierdo y, una vez que tuve los dos ojayos pispiretos bien pelados, me dispuse a cerrarlos y volverme a dormir. Pero es evidente que ella asume re’bien su papel de mujer en contra del patriarcado, volvió firme y me sacudió tan fuerte que pensé que ahora sí se nos venía la casa encima o que de plano la inundación nos había llegado al cuello, -ya ve cómo está lloviendo harto en estos días -. Me destapó y me gritó que ella no era la criada de nadie para andarme arreando (ahí se nota claramente cómo su ideología ha transitado hacia una valoración de su papel como mujer empoderada). Además, siempre se ha distinguido por ser bien empeñosa en todo aquello que me hace sufrir, -como servirme sopa en la comida, decirme que haga la tarea, le ayude a mi abuela a cargarle el mandado, o dé grasa a los zapatos de mi papá-.

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Cuando todo esto pasó ya eran veinte para las 6 y como ya le dije que me dijo mi mamá, que el transporte pasaba por mí a esa hora, me levanté como si me hubieran puesto un cohete, debo decir que no es cuete, sino cohete, porque usted nos ha dicho que el uso del lenguaje es fundamental en la concientización de las acciones sociales, ¿o, no? Bueno, pues salí disparado como si me hubieran puesto un cohete por debajo del fundillo… perdone usted la expresión, pero es que mi mamá a cada rato me dice que cómo es que quiero hacer mi regalada gana si aún no he aprendido a limpiarme el fundillo… Usted mismo ha dicho que las cosas por su nombre, que es un eufemismo decirle a la gente pobre, “de escasos recursos”.

Pues como me había levantado tarde no había preparado la ropa que me iba a poner, busqué la sudadera Nike que quería traerme a la escuela. Sí, ya sé que usted está en contra de los monopolios económicos, pero es una sudadera que me queda bien bonita. Así que como no la encontré me traje este suéter raído, la misma camiseta que he usado toda la semana, mis tenis y mi panta de mezclilla, esto para representar el uniforme del estudiante pobre, porque a usted no le gusta que digamos “de escasos recursos”.

Aún con los gritos de mi mamá zumbándome las orejas y la presión del pito de la combi que pasa por mí, sentí en carme propia la nula libertad a la que estoy expuesto, porque… retomo sus palabras, “las personas no somos ni seremos libres en una sociedad que privilegia el estatus y los valores capitales y deja de lado la verdadera esencia de lo que somos”. Y mi mamá dice y dice, “apúrate que se te va el transporte y ni pienses que te voy a dar para los pasajes”. Ahí estaba el chófer, que como buen representante de la opresión institucional, no dejaba de tocar la bocina; entonces yo agarré mi mochila que no abrí en todo el fin de semana, ya ni me fijé ni qué traía y pues que me bajo saltando de tres en tres los escalones de mi edificio, del tercer piso hasta la calle, casi como volando. Me subí a la Urban y los cuates del transporte me empezaron a mirar feo, el chófer dijo, “para la otra sólo te pito una vez y si no sales nos vamos”. Nótese el nivel de rencor social que el chófer nos tiene. Yo agarré mi mochila y me dispuse a echarme un último coyotito antes de llegar a la escuela. Todo iba bien, pues pasamos los mil quinientos baches sin mayor problema. Pero, como usted ya lo sabe, los de Antorcha Campesina cerraron el periférico desde las 5 de la mañana: “¡Este puño sí se ve, este puño sí se ve”, alcancé a escuchar cuando nos dimos vuelta en U para entrar por Lechería y Gustavo Baz, pero ahí estaba más congestionado que la nariz de mi abuela en diciembre.

El conductor tuvo que darse vueltas y vueltas hasta agarrar la otra avenida que nos saca directo a la López Mateos. Y pues.., como usted también ya lo sabe, llegué tarde a su clase y no presenté el examen. Pero no fue mi culpa, sino fueron los infelices determinismos sociales.

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