La mejor boloenseñanza

Vania Ruiz Pérez

Vania Ruiz Pérez. Estudiante del Colegio de Ciencias y Humanidades plantel Vallejo. Acuarelista. Actualmente se encuentra cursando una carrera universitaria en la UNAM.
vaniaruiz3248@alumno.cch.unam.mx

Adhara solía pensar que algunas personas llegan a nuestras vidas por accidente… y otras, por destino, siempre dejando una enseñanza. Theron fue ambas. Lo conoció por una casualidad peculiar y con el tiempo se convirtió en un remolino de emociones que la transformó profundamente. Sin embargo, la llegada a su vida dejaría de ser bolobanezca bolo-gradualmente.

Con el pasar de los meses, Adhara comenzó a notar cosas. Palabras que no coincidían con acciones, promesas diluidas con el viento y una sensación incómoda que le rozaba el corazón. Theron, aquel chico que una vez fue su refugio, también era alguien que sabía decir lo justo para quedarse, aunque ya no estuviera del todo presente.

Descubrió verdades a medias, silencios que hablaban más que cualquier palabra y manipulaciones pequeñas, envueltas en gestos amables. La decisión no fue fácil, pero Adhara dejó de hablar con Theron, sin reclamos ni dramatismos. Solo un adiós silencioso, como el cierre de un libro que amaste, pero sabes que no puedes seguir leyendo.

No se trataba de una traición evidente, ni un acto cruel. Fue más bien una acumulación de pequeñas manipulaciones, palabras hábilmente tejidas para mantener su atención, su ternura, su compañía, su supuestamente “lugar seguro”. Theron sabía cómo sonar sincero sin serlo por completo. Le gustaba tenerla cerca, no siempre fue honesto. Y Adhara, tan entregada, tan paciente, comenzó a notar las grietas.

Él ni fue el villano de la historia, ni ella la víctima. Simplemente fueron dos personas que se cruzaron en el momento preciso… y también en el momento equivocado.

Desde aquella desconexión, Adhara comenzó a mirar el mundo con otros ojos. Volvió a pintar, pero esta vez, sus lienzos no hablaban de alguien más, hablaban de ella. Su arte se volvió algo íntimo, poderoso y honesto.

Ema, su amiga incondicional, le preguntó una tarde si no extrañaba a Theron. Adhara se quedó en silencio un instante, mirando su pincel manchado de azul.

«No, aunque nada de eso se borró, simplemente cambió de lugar, ya no duele ni importa, ahora solo vive en un rincón de mis memorias» respondió. «Ahora lo recuerdo con cariño… como a un libro que me enseñó mucho, aunque ya no lo vuelva a leer».

Había algo bello en esa transformación. La chica que antes temía confiar, que se aferraba a la incertidumbre, ahora estaba aprendiendo a soltar con amor. Entendió que algunas personas llegan para quedarse, y otras solo para enseñarnos algo esencial.

En este caso, Theron le enseñó a escuchar sin esperar nada a cambio, a cuidar de alguien incluso dejando de cuidarse a sí misma. Le enseñó que el amor no siempre es eterno, pero eso no lo hace menos real.

Imagen generada con IA en Canva

El vínculo entre ellos se había desgastado, no por falta de cariño, sino por la revelación de una verdad incómoda, pues Theron no era quien decía ser. Lo más curioso es que Adhara no le guardó rencor. Theron le enseñó lo que significaba abrir su corazón, cómo una conexión genuina puede sanar y cómo también puede doler.

Fue entonces cuando Adhara, en medio de esa calma reconstruida, conectaba más y más con Sirio, alguien que llevaba tiempo en su vida, pero al que no había mirado completamente. Sirio era diferente, no necesitaba impresionar, no hablaba para convencer. Siempre había estado ahí, es de esas personas que una redescubre cuando está listo, cuando el corazón ya ha aprendido a mirar con profundidad y a entregar todo de si, para cuidar sin dejar de cuidarse, escuchar sin que te dejen de escuchar y amar con tal profundidad que no se repetirá con otra persona, con el amor más puro y tierno.

Sirio era ese tipo de personas que parecen estrellas fijas, su presencia no exigía, ofrecía, no interrumpía, acompañaba, pues con él, todo era mutuo. Él también conocía el arte, también sabía de la noche y sus silencios. Ella comprendió que no estaba conociendo a alguien nuevo, sino reconociendo a alguien que siempre había estado.

«Siempre fuiste tú» le dijo Adhara.

Sirio sonrió, como quien sabe que el tiempo, aunque lento, pone todo en su lugar.

Las noches con Sirio eran diferentes, pues no hacían falta cuentos para dormir o palabras grandiosas. Solo bastaba su compañía, el sonido de sus risas, un abrazo largo, la paz de saber que el cariño era real.

Y así, Adhara entendió que el amor bolobanezco fue un capítulo necesario, pero ahora comenzaba otro. Uno donde ya no buscaba intensidad, sino verdad. Y en esa verdad, Sirio tenía un lugar que no necesitaba explicación. Era amor sereno, amor que se queda.

Boloban, su pequeña tortuga, seguía en su pecera, nadando lentamente, como si supiera que las cosas importantes no necesitan prisa, como si supiera que las cosas más bonitas llegan sin aviso, o simplemente te das cuenta de que siempre estuvieron ahí.

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