Evaluación en tiempos de COVID-19

Sara Trejo Hernández

Maestra en Administración de Negocios por parte de Universidad Insurgentes. Especialidad en Competencias Docentes en la Universidad Pedagógica Nacional. Docente de nivel medio y superior del área de ciencias y administración. Antigüedad docente de 13 años. Actualmente labora en la Universidad de la República Mexicana e Instituto GVA.
ysara_trejo@hotmail.com

La evaluación es un mecanismo que permite al docente identificar el estado de los estudiantes en su rendimiento y desarrollo de aprendizajes esperados; debe ser continua, objetiva, congruente, y que brinde información para la mejora de procesos. En un contexto cotidiano de clases presenciales, la evaluación incluye la observación directa de conductas, pero ¿qué sucede cuando debemos migrar a un entorno virtual en el que la interacción pareciera nula y las conductas se ven influenciadas por un entorno de incertidumbre, enfermedad, duelo, de desconcierto y depresión?

Nuestro país, como todo el mundo, se vio en la necesidad de implementar estrategias de confinamiento para evitar la exponencialización del COVID-19, y que, a causa de ello, mayor número mexicanos, enfermaran y perdieran la vida, sin tener posibilidad de ser atendidos con dignidad. Las escuelas tuvieron que cerrar sus puertas y trasladarse a la plataforma más próxima que les permitiera mantener comunicación con los estudiantes y de ésta manera dar continuidad al proceso de formación.

Así, la comunidad educativa está enfrentando retos de gran importancia, como lo ha sido la alfabetización digital, dado que, tenemos alumnos cuyo nivel de dominio de las TIC’s es escaso, así como docentes que se han acostumbrado tanto a un pizarrón y marcadores, que les ha comprometido mayor tiempo, la preparación de una sesión. Aunado a ello, existen comunidades en las que el servicio de internet es ineficiente, los servicios de luz son inestables, sin mencionar la marcada diferencia económica que existe y que impide el acceso a un equipo de cómputo, en muchas regiones del país.

Todo lo expuesto engloba menesteres que deben ser considerados para lograr instrumentos de evaluación reales, que se conviertan en indicadores efectivos de la adquisición de conocimientos, no solo del desempeño. Recordemos que la evaluación es un proceso de diagnóstico, retroalimentación y apoyo continuo a las personas (Tobón, 2017; pág. 17), por ello es indispensable que sea paralela al proceso de enseñanza aprendizaje y no solo sea un atributo final que identifique al alumno como competente y resiliente o no.

Entonces, la evaluación no puede ni debe ser vista como la intención de perjudicar o premiar, sino como un elemento ecuánime de apoyo para reconocer las oportunidades de crecimiento y fortalezas en el estudiante, para que este desarrolle competencias para el futuro.

En México, los docentes de nivel medio y superior, tuvieron que enfrentarse a un cambio que no fue fácil de sobrellevar; empezaron a buscar elementos que sirvieran como evidencia de trabajo y calificación, no tanto de aprendizaje. Surge con ello, la primera reflexión medular ¿realmente estoy evaluando o solo estoy asignando un atributo a cada estudiante?

En este punto, es fundamental recordar que, el proceso de enseñanza deriva en la evaluación, y que no es el único pilar de la educación, sino que se debe ser considerado también el proceso de aprendizaje, que no es posible sin la motivación y autorregulación del estudiante.

En este sentido, la evaluación también tiene la cualidad de ser continua, no significando con ello, que se deba proponer exámenes diarios o documentos que llenen un portafolio cuya única evidencia es la falta de planeación y concentración en el fin principal: medir el nivel de aprendizaje.

Se requiere diseñar instrumentos flexibles que otorguen un juicio imparcial sobre el trabajo del estudiante. Sabemos que en la actualidad, los alumnos gozan de una amplia gama de posibilidades para realizar sus tareas, y que no todas serán honestas; en otras palabras, la misma tecnología que tienen al alcance, puede ser un elemento de disturbio para su aprendizaje.

Actualmente, se cuenta con aplicaciones que pueden resolver problemas matemáticos, con solo tomar una foto o introducir el problema
planteado; de igual forma, tienen acceso a contenidos que pueden copiarse directamente sin citar y a veces sin leer y menos aún editar.
Además, existen dealers de tareas y hasta de exámenes que contribuyen a la deformación del estudiante, haciéndole sentir que el conocimiento, no es importante, ya que, no tendrá trascendencia.

Es aquí, donde surge la segunda reflexión ¿qué estoy evaluando realmente? Estoy segura de que ninguno de nosotros pretendemos evaluar un cúmulo de evidencias cuya procedencia desconocemos; sino que le damos valor a nuestra propia labor, generando criterios que permitan realmente medir el alcance de los objetivos educativos que nos planteamos al inicio de ciclo.

En un ambiente en el que pareciera que debemos bajar el nivel educativo, porque no se pueden ajustar los contenidos a la modalidad en que debemos llevar el proceso de enseñanza aprendizaje, es imperante, reconocer la necesidad de adaptar nuestra pedagogía a la tan llamada “nueva normalidad”. En otras palabras, es un error pensar que el aula tiene el poder de ofrecernos mayor nivel cognoscitivo solo por estar presentes en ella, como si el aprendizaje se ofreciera por una especie de ósmosis y que el alumno no requiere de ningún empeño, salvo transportarse al aula.

Resalto que no es el espacio donde se toman clases, el que define el nivel de conocimientos adquiridos, sino el propio currículum interno que aporta el docente y que explota, apoyado en los recursos con los que cuenta, así sea un aula física o virtual.

Si hacemos uso de plataformas como Zoom, Classroom, Edmodo, Meet, Jitsit, Webex, o cualquier otro espacio virtual, no es el contenido el que debe cambiar, sino el tipo de enseñanza la que se ajusta a las plataformas y al modelo con el que debemos dar continuidad y, por ende, la forma de evaluación.

Descartemos, por tanto, la idea de que solo en el aula se puede aprender y evaluar. Es la oportunidad de innovar y lograr el éxito conjunto. No es mi deseo sonar optimista, sino que logremos cavilar sobre los instrumentos que pueden ser de apoyo en estos tiempos, en los que vivimos en confinamiento, bajo un escenario lleno de crisis económica, emocional y hasta social, un ambiente donde ya no cabe más enfermedad, y que se transforma en un obstáculo más para alcanzar el objetivo del crecimiento académico.

Continuando con nuestro proceso de reflexión, aparece un nuevo planteamiento ¿cómo evalúo en tiempos de crisis?

Los criterios de evaluación son diversos, y dependen tanto de la asignatura, como del propio docente y los objetivos que plantea para que sean medidos.

Ahora bien, debemos ser conscientes de que, las plataformas no pueden ser utilizadas únicamente como medios de difusión de contenidos, evitando la interacción con el estudiante. Es de vital importancia continuar con el intercambio cultural y de valores que se genera en el aula, así como dar seguimiento al proceso de enseñanza aprendizaje, que sigue siendo el fin.

Empero, la incógnita de una posibilidad real de evaluación es constante por ello considero que es necesario mantener el paradigma de una evaluación para el aprendizaje y no del aprendizaje en sí mismo.

La evaluación para el aprendizaje exige la participación activa de los estudiantes en su desarrollo académico, por ello, debe estar presente en todo el proceso, otorgando información continua sobre los avances y áreas que deben mejorarse; además de desarrollar habilidades de reflexión.

En consecuencia, la evaluación debe ser cualitativa, recreando una experiencia de aprendizaje que le ayude a desarrollar competencias a través de la construcción del conocimiento propio, basado en la realidad y la reflexión.

Lo anterior, no soslaya la evaluación cuantitativa que de alguna forma identifica las cualidades de los alumnos, y es conveniente subrayar que, en la educación, la calificación asignada puede ofrecer ese enfoque de cualidad estructural, multiestructural, relacional o abstracción, con base en las diversas taxonomías que utilizamos para reconocer el nivel en que se encuentran y evaluar a partir de este. Dicho de otra forma, la evaluación cuantitativa no es un número que define si el alumno aprobó o no una materia o un parcial, sino que contribuye a la estadística sobre el alcance de resultados del conocimiento descubierto.

Indiscutiblemente, la evaluación cualitativa y la cuantitativa son complemento una de otra y no pueden ser disgregadas. Esto ayudará a lograr una evaluación holística.

Lo dicho hasta aquí, supone lineamientos que pueden ser de utilidad para la gestión de la evaluación para el aprendizaje, bajo el enfoque de un nuevo paradigma, en el que la crisis sanitaria, nos ha retado a innovar.

El primer principio de una evaluación para el aprendizaje se basa en qué las actividades reflejen significativamente el aprendizaje. En este sentido, deben demostrar la aplicación del conocimiento, para poder manifestarlo a través de la explicación apropiada del mismo.

Que la calidad sea considerada como parte del esfuerzo y descubrimiento del conocimiento, así como su adopción. Que el tiempo y esfuerzo no sea el único precepto para emitir un dictamen de competencia en el alumno.

El segundo principio es la retroalimentación; está debe ser clara y oportuna, centrada en el propósito de la tarea asignada, además de detallada.

Para ahondar en la importancia de la retroalimentación clara y oportuna, imaginemos un doctor que, al ver entrar a su paciente, solo mueve la cabeza negando, para emitir un juicio impactante: “usted se encuentra grave”, pero no ofrece más detalles. Al no existir un diagnóstico certero, la valoración no tendrá utilidad alguna y menos aún, tratamiento que pueda contrarrestar los efectos de la enfermedad. Por ello, la evaluación debe verse como un medio para recabar todas las evidencias necesarias para emitir un veredicto y retroalimentar para mejorar.

Si no existe la retroalimentación, no hay manera de reconocer los avances y menesteres del proceso de enseñanza aprendizaje, y por tanto, no existe posibilidad de apoyar las debilidades para convertirlas en fortalezas.

El tercer principio es la evaluación del trabajo propio, es decir, que el alumno haga una introspección para determinar si realmente está cumpliendo con los estándares y criterios.

En México, los
docentes de nivel
medio y superior,
tuvieron que
enfrentarse a
un cambio que
no fue fácil de
sobrellevar.

La autoevaluación no significa asignarse una calificación, sino ser consciente de que áreas debe fortalecer y cuáles exponencializar.

Podemos inferir, entonces que, la evaluación para el aprendizaje genera un impacto emocional en el estudiante, logrando motivarlo y comprometerlo con su desarrollo académico, dándole las herramientas y puntos clave que le ayudarán a mejorar.

Por otro lado, es necesario reconocer el papel tan importante que juegan los instrumentos de evaluación, que ya son utilizados de forma natural en muchos espacios educativos.

Retomo la noción de una evaluación en medios electrónicos, en los cuales puede existir toda clase de engaño, por lo que debemos ser más cuidadosos al elegir y adaptar algunos de ellos a las necesidades del proceso enseñanza-aprendizaje.

Los instrumentos que pueden ser útiles para evaluar la aplicación de conocimientos pueden ser: exámenes, listas de cotejo, simulación, portafolio de evidencias, etcétera. Para la evaluación de teoría se pueden utilizar instrumentos como: ensayos, mapas conceptuales y mentales, exposiciones, cuestionarios de preguntas abiertas y opción múltiple, entre otros.

El abanico de instrumentos de evaluación es realmente amplio, por lo que es imperante reconocer por qué y qué se está evaluando para seleccionar el más indicado. Dicho de otra forma, debemos plantearnos el nivel taxonómico que se tiene como meta para así diseñar un instrumento veraz y eficiente.

Con lo expuesto hemos observado que, el desafío de evaluar en un contexto crítico, exige la adaptación del docente y del estudiante, con ello, el proceso de enseñanza-aprendizaje, por lo que, reitero la necesidad del cambio de paradigma de la evaluación del aprendizaje por la evaluación para el aprendizaje. Soy consciente de que, no es un término nuevo para los docentes, sin embargo; pareciera no ser parte de la realidad de todos.

De igual forma, debemos descartar la idea de que el espacio determina la adquisición del aprendizaje significativo, por disponer de recursos y didácticas más amplias. El conocimiento se adquiere con la experiencia, la contextualización, y la teoría sin importar el medio por el que se obtiene o construye.

Observar al alumno como mero receptor de conocimiento y al docente como único transmisor y no como facilitador, obstruye el proceso de enseñanza-aprendizaje, impidiendo que la evaluación se adapte a cualquier ambiente en el que se dé.

Fuentes de consulta
  1. Schunk, D. (2012). Teorías del aprendizaje. Una perspectiva educativa. 6ª edición. México: Pearson.
  2. Tobón, S. (2017). Evaluación Socioformativa. Estrategias e Instrumentos. USA: Kresearch.